Lilián Amedrano

“El hombre enferma porque vive en desacuerdo con su naturaleza”, asegura terapeuta de medicina tradicional china

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“Si el hombre viviera acorde a su naturaleza su energía no se desequilibraría y no enfermaría”, plantea Lilián Amedrano, terapeuta de medicina tradicional china, directora de la clínica y el instituto Shang Xing, que funciona en el barrio montevideano de Malvín. En esa reflexión, Amedrano cita al filósofo chino Lao-Tse –que vivió en el año 760 antes de Cristo y a quien se le atribuye haber escr...
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“Si el hombre viviera acorde a su naturaleza su energía no se desequilibraría y no enfermaría”, plantea Lilián Amedrano, terapeuta de medicina tradicional china, directora de la clínica y el instituto Shang Xing, que funciona en el barrio montevideano de Malvín. En esa reflexión, Amedrano cita al filósofo chino Lao-Tse –que vivió en el año 760 antes de Cristo y a quien se le atribuye haber escrito el Dào Dé Jing, texto esencial del taoísmo– y dice que es también un aporte del Neijing, tratado de medicina interna del emperador amarillo, que se estima que tiene más de 2.500 años. Según Amedrano, esa es una de las razones por la cual nos enfermamos; el otro motivo es que “el ser no vive alineado en su pensamiento: piensa una cosa, siente otra y hace otra”, describe.

La clínica Shang Xing tiene un lindo jardín al frente y, en su interior, las habitaciones, al igual que la entrada y la salida de la casa, están pintadas con colores que siguen el orden armónico propuesto por el feng shui. Reina la calma. En cada habitación hay dos o tres camillas. Allí llegan personas en busca de tratamientos alternativos y también interesados en aprender la trama de esta medicina milenaria –de ahí que haya más de una camilla por habitación–.

Historia propia

La historia clínica se hace con herramientas de diagnóstico de medicina tradicional china. Amedrano detalló que se diagnostica “por la actitud del paciente, si es ying o yang –que son los pilares fundamentales de nuestra medicina–, el tinte, la tersura –o no– de la piel, el brillo de la mirada, el pelo, las uñas, la forma de las manos, la forma del rostro”. “La pulsología china es la herramienta por excelencia”, agrega, porque permite evaluar cómo están el ying y el yang del paciente, información que se sopesa según la estación del año y cómo se aclimata la persona: “Si se aclimata, su energía defensiva está bien; si no se aclimata, su energía wei ya no está bien, y por lo tanto su inmunología ya no va a andar bien”. “Después tenés que averiguar cómo come, cómo vive, qué siente y qué piensa, razones fundamentales para enfermar hoy. Vivimos en una sociedad que tiene dos grandes pilares que son la violencia y el miedo, entonces no es extraño que la sociedad tenga trastornos en la energía mental muy importantes, porque el miedo socava todo lo que tiene que ver con tu esencia, y por lo tanto con tu firmeza, con tu fuerza de voluntad, con tu seguridad y con tu autoestima. La violencia genera todo un despatarro de lo que tiene que ver con la madera, que es la que comanda músculos, tendones, articulaciones; entonces, vas a ver grandes trastornos en el aparato locomotor, todo lo que tiene que ver con el enlace de la estructura y grandes trastornos en la articulación entre los individuos, porque no es sólo cómo articula tu húmero con el acromion [apófisis del extremo de la espina del omóplato] sino cómo articulás vos con el grupo humano”, agrega.

Amedrano describe que el tratamiento se puede hacer con diferentes herramientas: acupuntura, digitopuntura o tuina, “que son masajes pero no sólo en puntos sino en zonas, en canales, con presión, con golpeteo, con maniobra, o puede ser con moxa”, detalla. La moxa son hojas secas de una planta, Artemisa vulgaris, que, armadas en una especie de cigarro, cuya punta se enciende y transmite calor, es dirigido por el terapeuta a determinados puntos o canales. Según Amedrano, la moxa “es una herramienta de primer orden en afecciones de frío y de humedad” y se usa mucho en Uruguay, por la humedad y “por el exceso de preocupación y reflexión” que tiene el uruguayo, y que “la moxa mueve muy bien”. Otra herramienta es la fitoterapia, que consiste en el uso de productos vegetales: “La incluimos cuando las afecciones son específicamente, para el Occidente, en el digestivo o en el circulatorio metabólico”, informa. Recomienda, además, hacer ejercicio físico y bailar.

“El tratamiento va a depender del viaje de la persona”, cuenta. Al principio las sesiones son semanales. “En la medida en que la sintomatología desaparece y el paciente se equilibra, se pasa a una sesión cada 15 días” y luego se siguen distanciando; según Amedrano, lo ideal es seguir yendo cada tanto, al menos con cada cambio de estación, pero admite que lo más frecuente es que la gente deje de ir cuando se siente bien y regrese cuando algo anda mal.

“El tema es posibilitar que el paciente pueda ver su historia, cómo llegó a ese punto de enfermedad, entender el dolor o el sufrimiento como una enseñanza, como una posibilidad de pausa”, explica. Así, un dolor de rodilla parece indicar algo más: al momento de hacer el diagnóstico, la historia va hasta los primeros dolores que sintió la persona en su vida y relaciona el síntoma que presenta con aquellos dolores. En el medio, se cruzan otros desequilibrios, que tienen que ver con la personalidad de cada uno. “¿Cómo está tu ego? Si el ego está muy exigente, la rodilla va a doler, porque te pone un freno para tu existencia que no es real”, expresa, reconociendo que es difícil para alguien de Occidente entender eso, pero es parte de su tarea.

No todo es tan abstracto. Además del viaje interior, Amedrano recomienda el ejercicio para tonificar los músculos de las piernas y trabaja en la reeducación –es también osteópata e instructora de pilates, a lo que llegó luego de atender a muchas personas que llegaban lastimadas por pilates mal hecho, detalla–.

Según Amedrano, vivir acorde con la naturaleza implica, por ejemplo, comer y beber lo que esté en el entorno: “Si fuéramos a ser fieles con el planteo del Dào Dé Jing y del Neijing no consumiríamos nada que no fuera de estación y de este lugar”. Así, plantea que no tiene sentido, por ejemplo, comer “hoy y aquí” un mango, porque no es natural, mientras que sí podemos arrancar un limón, una naranja o una mandarina, y lo mismo con el té: en lugar del té negro, recomienda infusiones de marcela, manzanilla, menta, llantén, que sí son autóctonas. Es así que la fitoterapia que trabaja no es la original china, y por eso Amedrano hizo a lo largo de diez años una investigación en la que trabajó “con la bioenergética de los cinco reinos mutantes, o cinco elementos, que son agua, madera, fuego, tierra y metal”, que vincula aspectos astrales, sentimentales y físicos. “Hicimos una investigación para ir asociando hierbas de acá a cada uno de esos reinos y es con lo que nos manejamos, con muy buenos resultados en la práctica clínica”, destaca. Mucha gente pone en duda los beneficios de este tipo de terapias justamente por tener una concepción de la medicina muy diferente, en la que la ciencia prima sobre lo espiritual.

Amedrano dice que hace una “medicina integrativa” y respeta el tratamiento clínico del paciente. Acota que cuando ve desarreglos, puede sugerirles a los pacientes que cambien de profesional, porque sabe que hay quienes trabajan de otra manera. “La medicina tradicional china es casi la última opción del paciente. Viene después de que ya pasó por todos los profesionales, por los yuyeros, por los masajistas, por los osteópatas”. Cuenta, por ejemplo, que a veces llegan “envenenados por la atorvastatina”, fármaco que se usa para tratar el colesterol pero es tóxico para el hígado e implica un estricto control de su impacto. Amedrano recomienda consumir diente de león, yuyo que “tiene un principio depurativo y limpiador del hígado sin ningún rastro de toxicidad” y que se puede comer en ensaladas, sopas, tés, además de en preparados homeopáticos. “No nos cruzamos con la moderna medicina, jamás retiramos un medicamento; le planteamos al paciente que lo hable con su médico”, explica, y cuenta que muchas veces llegan consumiendo decenas de medicamentos, opuestos entre sí.

Otra visión

“En la alta antigüedad los médicos, en los pueblitos en China, básicamente campesinos, garantizaban la salud de la comunidad y cobraban por eso. En el momento en que el paciente enfermaba dejaba de pagarle al médico. Cuando el paciente moría le colgaban un farolito en la puerta al médico. Entonces caías en un pueblo que era de otro lado, llegabas e ibas al médico que tenía menos farolitos en la puerta”, relata Amedrano. Hoy ya no es así, ni en la propia China, dice. “Se perdió muchísimo la condición preventiva de la medicina tradicional china, ahora ya es una medicina paliativa o una herramienta de sanación”, lamenta, y señala que hay laboratorios de medicamentos negociando comprar el segundo laboratorio más grande de fitomedicamentos de China. En ese sentido, Amedrano opina que se extiende algo que pasa en Occidente, donde la industria de la salud genera mayores recursos con pacientes crónicos que sanándolos.

Amedrano considera que sería bueno que en Uruguay se validara y se protocolizaran los tratamientos de medicina tradicional china y que existiera un registro de gente formada dentro de determinados parámetros. Relata que en Iberoamérica muchos estados de Brasil están en ese proceso de validación, así como Chile, y que ya lo hicieron México, Venezuela, Portugal, España. “La validación puede pasar de acuerdo a lo que el Estado elija, o por una universidad que tenga un equipo docente que reconozca médicos chinos de ese lugar avalados por el Ministerio de Salud de China, sea por medio de la universidad de Pekín, la de Yunnan o la de Nanjing”, y “formar un equipo que pueda fiscalizar si la gente que está ejerciendo tiene los programas cubiertos”. Otros países están avanzando mucho “en el enlace científico”, dice Amedrano, no sólo con la medicina occidental, sino también con la biología, antropología, psicología, genética. “En Uruguay por el momento no. A nivel de investigación, cuando aparece algo interesante, lo cotejamos con colegas que están en otros lugares desarrollando trabajos de investigación más profundos”.

Trayectoria

Lilián Amedrano tomó contacto con la medicina china en 1992, cuando asistió a un taller que vino a dar a Uruguay José Luis Padilla Corral, licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Complutense de Madrid y titulado en Medicina Tradicional China por el Instituto Nacional de Acupuntura en Taipéi (Taiwán). En ese entonces, ella trabajaba como analista de sistemas, y se aproximó a la medicina china “en la búsqueda de un trabajo interior y no de formación académica”, aunque terminó haciendo las dos cosas. Padilla Corral fundó en 1993, en el balneario de Solymar, la escuela Neijing; delegó la dirección a Jesús Manuel Rodríguez, un uruguayo que hasta ese momento estaba exiliado en Suecia. Amedrano se fue a vivir a la escuela; comenzó su formación académica más profunda, luego empezó a dar clases y a atender en la clínica de la escuela. En 2001 se distanció de la escuela de Solymar y abrió su propio consultorio en Montevideo. Nunca dejó de estudiar, y cuenta que su último “máster grande” lo cursó en 2014-2015 mediante la Universidad de Medicina Tradicional China de Yunnan –fue sobre “Acupuntura, bioenergética y moxibustión”– y en 2019 completará la formación con una pasantía en un hospital en China. La formación que imparte el Instituto Shan Xing dura cuatro años; ahora tiene 12 alumnos que están en tercer año.

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