Salud
Belén Itza y Mónica Giordano.

La radio como dispositivo integrador y generador de buenas prácticas

Radio Espika y Vilardevoz son materia de estudio de dos tesis de la Maestría en Psicología Social.

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Dos psicólogas, dos proyectos radiales a explorar y dos tesis de maestría por hacer. Así iniciaron, hace cuatro años, Mónica Giordano y Belén Itza un proceso que terminó a mediados de junio, con la defensa de sus tesis de Psicología Social. “Al mundo le falta un tornillo. Procesos de salud y transformación social en la radio comunitaria Espika FM”, tituló Giordano su tesis, y “Alteraciones y mo...
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Dos psicólogas, dos proyectos radiales a explorar y dos tesis de maestría por hacer. Así iniciaron, hace cuatro años, Mónica Giordano y Belén Itza un proceso que terminó a mediados de junio, con la defensa de sus tesis de Psicología Social. “Al mundo le falta un tornillo. Procesos de salud y transformación social en la radio comunitaria Espika FM”, tituló Giordano su tesis, y “Alteraciones y movimientos. Estrategias de incidencia de Radio Vilardevoz en la construcción de nuevos imaginarios para la locura en Uruguay”, tituló Itza la suya.

Tanto Itza como Giordano son “investigadoras implicadas”, porque ambas forman parte del proyecto de Radio Vilardevoz; aun así, o justamente por eso, se arriesgaron a elegir un objeto de estudio que no les era ajeno. Las dos querían trabajar en algo “que aportara al desarrollo de un campo de problemas”, cuenta Itza; Giordano acota que ese “entrecruce de campos” les permitió generar “un marco referencial de análisis en el que se situaron ética y epistemológicamente”.

Viejos y nuevos imaginarios

Itza centró su tesis en la dimensión comunicacional del proyecto de Radio Vilardevoz desde 1997, cuando comenzó, hasta 2014. Distinguió tres períodos. El fundacional, que se extiende desde 1997 a 2001, tiempo en que “fue muy importante aferrarse a la comunicación como derecho humano para poder salir del lugar del loco como alguien que no tiene nada para aportar, decir y ser escuchado”, plantea la tesis. El segundo, de 2002 a 2011, en el que la radio desarrolló “redes de legitimación social”, desplegó estrategias de incidencia –como la distribución de microprogramas y la salida al aire con fonoplateas abiertas– y generó alianzas con otros movimientos. El tercero, de 2011 a 2014, en el que la radio se consolidó “como un medio que es referente para diversos actores”, “una herramienta de construcción política”, en el que desarrolló estrategias de incidencia, como campañas y la construcción de una agenda especializada en salud mental. Para todo esto, Itza analizó las apariciones de Vilardevoz en la prensa, que aumentaron a lo largo de los 17 años y que reflejan desde un interés inicial por la novedad que significó tener una radio en un hospital psiquiátrico –el Vilardebó– hasta considerar el medio un referente en materia de salud mental, que instala “la demanda sobre las condiciones de atención y la creación de la ley de salud mental”, planteó.

Itza investigó sobre los imaginarios de la locura: “A partir de viñetas de prensa, de literatura, construí una categoría que se llama ‘Paisajes imaginarios de la locura en Uruguay’”. Dijo que algunas de esas imágenes “traen a la locura como una cuestión salvaje, animal”, plantean la cuestión de la peligrosidad, se relacionan con el abandono, y “hay algunas particularidades que tienen que ver con la locura rioplatense, la nostalgia”. Itza halló que “Vilardevoz instala nuevas imágenes para la locura”. Por un lado, desdibuja las fronteras entre el adentro y el afuera con fonoplateas abiertas –se puede entrar y salir del hospital–, desembarcos en los barrios y otras actividades. “Irrumpe con una nueva imagen de los locos viajando, las marchas, la idea de la audacia, de somos pocos en la calle, pero parece como que fuéramos un montón ocupando el espacio”, relató. Por otro lado, señaló que “Vilardevoz retoma imaginarios de la locura que tienen que ver con lo del loco y la fiesta, el humor y la denuncia, con cierta ironía, de muchas situaciones”. Agregó que se trabaja “instalando alegría donde muchas veces hay tristeza” por medio de las fiestas antimanicomiales, por ejemplo, y creando nuevas imágenes relacionadas con “la locura colectiva, de ya no pensar al loco solo y abandonado” sino en “condiciones colectivas sociohistóricas de producción de la locura y de la enfermedad mental. Devolver este problema a la sociedad posibilita movimientos de ambos lados, pensar que la salud es un derecho y reivindicar, también, la locura y la salud como un derecho”, expresó. “Los imaginarios de la peligrosidad, del salvajismo, del miedo, del abandono siguen muy enquistados. Entonces, la emergencia de estas nuevas imágenes nos permite pensar que hay transformaciones que son posibles”, remató.

Integración

La Espika FM nació en 2003 y está ubicada en la ciudad de Santa Lucía (Canelones), localidad que tiene un vínculo cotidiano con la locura, por estar a cuatro kilómetros de las colonias psiquiátricas. Giordano eligió a la Espika porque estaba interesada en conocer cómo se trabaja la integración de personas con padecimientos psíquicos, pero tuvo que ampliar la mirada al ver que la experiencia “trascendía la posibilidad de pensar la integración de las personas con problemáticas en salud mental”. Aseguró que tanto la Espika como Vilardevoz “se pueden considerar espacios que son integradores de por sí y que generan efecto de transformación y de salud colectiva en cualquier persona”.

¿De qué forma la Espika es un espacio de salud? Giordano respondió: “Es un espacio que ellos mismos, y sobre todo aquellas personas que han tenido experiencias con lo psiquiátrico, definen como un espacio sanador, donde uno va a encontrarse con otros, donde se tiene un espacio de pertenencia, donde lo que prima es la bienvenida. Es un colectivo y un espacio que integra con la persona como es, con la mochila que trae, respetando la singularidad y haciendo énfasis en la persona como un sujeto”. Destacó, además, que el espacio no encasilla a quienes se acercan en determinados diagnósticos: “A la persona que se acerca al colectivo no se le pregunta mayor cosa que tener la voluntad de participar, aportar y respetar la lógica colectiva que ellos quieren imponer: lo colectivo sobre lo individual, lo humano sobre lo económico. Ellos parten de un proyecto político comunicacional que tiene principios, y esos principios son los que guían y permiten generar procesos de salud, porque se plantean vínculos horizontales donde los liderazgos existen, pero en la medida en que se pueden ir construyendo entre todos. Hay un respeto por el otro como sujeto y con un rescate de las capacidades; en otros espacios no existe esa valoración”, señaló.

Giordano define a la Espika como “un colectivo que no estigmatiza, que no excluye, que no le tiene miedo a la locura. Es un espacio abierto, democrático, en el cual te tenés que hacer protagonista de tu propio proceso, y a partir de ahí encontrar un sentido y volver a tener la utilidad social que te quitaron por tener un diagnóstico y por quedar en un lugar de enfermo mental. Ese es un impacto muy fuerte en la salud de cualquier persona”, subrayó. Agregó que se trata de un colectivo que cuestiona el concepto de “normalidad” por entender que todos tenemos una dosis de locura y “que al mundo le falta un tornillo”.

La investigadora afirmó que dispositivos como este se pueden replicar en cualquier lugar del país. “Lo importante es que este colectivo, sin siquiera tener profesionales de la salud mental ni el objetivo específico de trabajar para la integración de personas con problemática en salud mental, lo hace de hecho. Pero además porque no tiene ningún tipo de vínculo con lo médico sanitarista, está totalmente por fuera de esa lógica, está inmerso más en la lógica comunitaria del encuentro, en la cercanía con los otros porque son vecinos, hermanos, familiares, porque son pareja, porque son del barrio”, expresó.

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